viernes, junio 09, 2006

Aquella muerte de Atahualpa

-“La Muerte de Atahualpa”


“La muerte de Atahualpa”, cuyo autor, Bernardo Roca Rey, acaba de morir, fue uno de los más bellos y espectaculares montaje del teatro peruano. Y tanto, que probablemente superó a la obra misma (que ha pasado discretamente al olvido).
Poca justicia ha hecho “El Comercio” a su autor, Bernardo Roca Rey, que estuvo casado con ese torbellino con faldas que era “Viruca” Miró Quesada. La pareja era realmente desigual. Amable, fino, casi delicado, Bernardo pronunciaba las palabras justas y con cuidado y vestía como se espera de todo un diplomático aunque a veces, en las noches, más parecía un poeta parisino arrebujado en una gruesa chalina.
“Viruca”, en cambio, era una verdadera agitadora que bailaba, cantaba , coqueteaba, rajaba y reía de todo. No eran el uno para el otro y pronto se divorciaron.
En la Asociación de Artistas Aficionados de los años 50 brillaba su hermano Ricardo, que había elegido la exótica ingeniería civil para el sustento y la dirección teatral para el alma.
Ya Bernardo había revelado su talento de dramaturgo y hasta de cineasta con el film “La Lunareja” y ganado un Premio Nacional de Teatro con el drama “Loys”.
Pero mi historia va hacia 1957. Por segunda vez Bernardo había obtenido el Premio Nacional con su drama “La Muerte de Atahualpa” y esta ves su talentoso hermano Ricardo asumió escenificarla en las hermosas ruinas recién recuperadas de Puruchuco por Arturo Jiménez Borja.
Ricardo había admirado el renovado palacio de Puruchuco y se le ocurrió convertir su explanada en tablado y tomar el ambiente y hasta el cerro como un gran escenario natural.
Fue un trabajo arduo de los animosos jóvenes que lo secundaban, como Luis Alvarez, Ricardo Blume, Américo Valdez y muchos otros que olvido. Y hasta yo participé pero solo en las gestiones para conseguir bancas para el patio de espectadores pero, sobre todo, para convencer a mi hermano menor,Victor, para que oficiara de tamborilero en el momento de la “ejecución” de Atahualpa (Víctor redoblaba en la banda de guerra del colegio San Agustínn, vecino a la AAA).
El estreno fue sensacional. Un camino de teas alumbraba la ruta a los asistentes, dando una imagen espectral del conjunto y se debió superar una rabiosa pataleta de Jiménez Borja que protestaba a gritos por los daños que, decía, estaban haciendo a sus preciosas ruinas.
El juicio se realizaba en el centro y de pronto se iluminaban hogueras en los cerros y varios “indios” estratégicamente repartidos lanzaban ayes que el eco repartía en el valle, estremeciendo a los valientes pocos espectadores del soberbio espectáculo.
Cuando se acercaba el momento de la ejecución, mi hermanito Víctor repicaba su tarola con ritmo dramático hasta que el brusco cese del ruido indicaba que Atahualpa acababa de morir.
No recuerdo el argumento de “La muerte de Atahualpa” pero evoco ahora aquellos instantes dramáticos en que cesaba el persistente tambor y callaban los indios de los cerros, haciéndose un silencio sepulcral que Ricardo Roca Rey prolongaba de manera genial.
No sé si el fino Bernardo persistió en el teatro pues parece que se dedicó de lleno a su profesión de diplomático pero nos dejó, junto con su hermano Ricardo, aquella muerte del último Inca como remembranza inolvidable.

Tio Juan

martes, junio 06, 2006

El Padre Bolo RIP

-Bolo ¿traicionado?

-La muerte del Padre Bolo

Su familia lo ha traicionado. El Padre Salomón Bolo Hidalgo ha muerto arañando los ochenta y su defunción aparece en el diario “El Comercio”, el último lugar en que, estoy seguro, hubiera querido estar un rabioso luchador social como él.
Aunque pensándolo bien, su afán de notoriedad (de “peliculina” como decimos a veces) era tal que a lo mejor estás feliz de haber llegado por fin a un periódico que le fue esquivo por tantos años.
Salomón Bolo es el probablemente el último de una estirpe de luchadores sociales de los años 60 que en algún momento atravesaron la línea que divide a los radicales extremos de los anecdóticos y se convirtieron casi en personajes de farándula.
No fue así al principio. Era Capellán del Ejército, con el grado de Teniente, cuando abrazó la causa nacionalista ayudando a fundar el “Frente Nacional de Defensa del Petróleo” que encabezaba el general César Pando, otro gran personaje de dramas y anécdotas.
Fue expulsado del Ejército y deportado por Odría a la Argentina, donde ya fue recibido como “cura comunista peruano”.
Al año siguiente el mismo general Pando lo llamó para fundar el “Frente de Liberación Nacional” (FNL) y participaron en las elecciones de 1962 que, recordarán, ganó el APRA por estrecho margen. Ahí estuvo también el humorista Sofocleto en su última actuación como izquierdista en serio..
Los comicios fueron anulados por el golpe militar y al poco tiempo cientos de opositores fueron arrojados a la Colonia Penal El Sepa. Ahí estuvo por supuesto el padre Bolo protestando, vociferando, reclamando justicia social.
Por esos años visitar la Unión Soviética y China era un privilegio para iniciados y allá fue Bolo Hidalgo ¡con sotana! pese a que la jerarquía eclesiástica ya le había suspendido derechos.
Para los duros comunistas soviéticos fue una sorpresa recibir a este presunto cura católico con sotana y todo que predicaba la revolución marxista leninista. Por supuesto, se lo enseñaron al propio Nikita Kruschev.
Igual pasó en China, donde estrechó la mano de Mao Tse Tung. Total, el padre Bolo tenía fotos con el Ché, Fidel Castro, el Amado Líder Kim Il Sung, etc. Estuvo en el cenit de la gloria marxista leninista.
Pero ya en los años 7º, cuando la Revolución de la Fuerza Armada pocos lo tomaron en serio aunque lw concedieron que había tenido un rol en el Frente petrolero. Pero hasta ahí nomás.
Devino entonces en personaje anecdótico, quejoso y hasta ridículo sumándose al grupo donde también recaló, por ejemplo, el trotskista arrepentido Ismael Frías Torrico.
Escribió varios libros y tengo por ahí “¡Silencio Mentirosos! La verdad sobre la URSS” con recuerdos de viaje al paraíso comunista. Todos francamente olvidables.
Presumía de periodista y fundó la “Asociación Nacional de la Prensa No Diaria” (Anaprensa) y por esto lo tuve que sufrir en aquella campaña por el decanato del Colegio de Periodistas en 1983. Era un verdadero torturador, por perseguidor y pesado.
Cuando apareció Internet encontró el espacio ideal para sus ideas (aunque de cuando en cuando le publicaban algo en la revista “Gente”) y alcanzó todavía a rendir homenaje al procoreano Castro Lavarello, otro luchador de su estirpe.
Francamente, su muerte debía ser anunciada en su amada Plaza Dos de Mayo con una gran pancarta que diga, más o menos “Ha muerto el persistente padre Bolo. Era un luchador”.