sábado, agosto 12, 2006

El adulterio como arte



“Sargento, lléveme a la casa” gimió el comandante antes de desplomarse sobre su escritorio, en la Comisaría, sujetándose el pecho. Un infarto, sin duda. Pero el sargento no cumplió con la última orden sino que se limitó a preguntarle, con angustia: “¿A cuál de ellas mi comandante, dígame, a cuál?
Me han contado esta historia hace unos días y he recordado el libro de crónicas de mi admirado Daniel Samper y que toma el título “Del adulterio considerado como una de las bellas artes” de uno de sus textos. Allí ensaya definiciones sobre el adulterio planteando aquél que llama “del corazón” y que solemos practicar muchos cuando nos cruzamos con algún mujerón ajeno y lejano...
Y también llama la atención sobre las advertencias que hace la Biblia a los hombres de no desear la mujer del prójimo pero que no dice nada de las mujeres mismas, como si éstas no apetecieran alguna vez un adulterio del corazón y del otro.
Les contaré algunos casos. Hace ya bastantes años un querido amigo de mi antiguo barrio de Lima me pidió que lo acompañara a realizar una visita importante y requería de un acompañante de aspecto serio y formal... como yo, “para una transacción financiera”. Bueno, fui con él y me di con la sorpresa de que se trataba de pedir la mano de una ruborosa joven cuyos adustos padres se ablandaron ante la presencia del “testigo”. Ahí se comprometieron, juraron amor eterno, etc.
Añadiré un detalle: mi vecino era casado y con cuatro hijos y tenía además, todos los sabíamos, un segundo hogar de los que llaman “la sucursal”. Solo se me ocurrió preguntarle: “¿Cómo haces para engañar a tantos a la vez?”
Olvidé otro dato clave: Era médico cirujano de cierto prestigio y tenía sobornado a un sobrino que lo llamaba para practicar operaciones de urgencia a diversas ciudades, lo me llevó a la conclusión de que su esposa y la sucursal eran tontas o se hacían las desentendidas por simple conveniencia.
Hicimos alguna vez la lista de las profesiones cómodas para el adulterio: militares (“Estoy de guardia”), periodistas (“Tengo cierre de edición”), médicos (“Me llaman de urgencia”), políticos y sindicalistas (“Debo votar en sesión de comité”) etc. En cambio, hay oficios en los que el adulterio es toda una proeza como por ejemplo empleados administrativos de horarios rigurosos, como los bancarios. Igualmente docentes, etc.
Los artistas quedan al margen pues las normas comunes no rigen para las bellas artes.
He sabido de proezas notables, como el colega que entraba a su casa por el techo y aparecía en pijama, bostezando; el que se escapaba por la ventana en calzoncillos porque guardaba ropa en el auto; el cínico que ejercía mutismo absoluto ante los reproches...
Dejo para el final la historia del tío que tenía una amante fogosa y celosa que una noche decidió esconderle la ropa para que no volviera su casa. El tío logró arrancarle pantalón y camisa pero no pudo con las medias y los zapatos y cuando llegó al hogar la fiel esposa lo estaba esperando porque no podía dormir. ¿Qué hacer?
Aparentemente fue toda una hazaña. Sencillamente entró haciendo aspavientos amorosos y la tía, dijo, no se dio cuenta de sus pies desnudos. El tío bostezó, apagó la luz y corrió al dormitorio.
Contó la historia, alrededor de unos chilcanos en Berisso, y cuando se despidió, uno del grupo susurró: “Qué ingenuo... no sabe que su esposa tiene amores con el vecino del tercer piso”.


miércoles, agosto 09, 2006

¿Cerrarán El Peruano?


Siempre he pensado que en la histórica y hasta venerable Aula Magna del Partido del Pueblo, aquella donde su líder instruía a sus discípulos (García incluido, entre otros) debió dictarse un seminario especial titulado “Cómo no hacer el ridículo”.
El PAP se hubiera ahorrado algunos papelones de diverso tipo que han pasado a la historia. Pero como el tema que trabajo es el de los medios, debo centrarme solo en esto. Por ejemplo,¿recuerdan “Radio Pachacútec”?
Fue Alan García quien propuso renombrar Radio Nacional con el nombre de legendario Inca conquistador. Pero como la idea era tan absurda... nadie insistió y el nombre desapareció solo, o, como decimos en el Perú, quedó en nada...
No quiero cansarlos con los errores de juventud de nuestro Presidente pero resulta que ahora, ya avanzando hacia la madurez, persiste en desbarrarla y en particular (por ahora) en la cuestión de la austeridad.
¿Se imaginan algo más risible que prohibir la impresión a colores a nivel burocrático nacional para ahorrar cartuchos de tinta y juntar así dinero que, según afirmó y en serio, podría ir a los pobres? Con esa lógica prohibiremos el papel higiénico, la corbata (para ahorrar tela), el cafecito ministerial de media mañana, se cancelará el Cambio de Guardia, imprimiremos por los dos lados, adiós al sánguche mostro de Barranco que adora Alan García, bajaremos de Etiqueta Azul a pisco acholado, en Palacio solo servirán menestras, se cancelará la TVCable en los despachos ministeriales, pero sobre todo, bromas aparte, escuchen:
¡Se suprimirá el diario El Peruano!
Es verdad. Un connotado técnico aprista en “mass media” está proponiendo formalmente que el diario oficial debería cerrarse como medio de información y convertirlo en simple gaceta porque, afirmó, “las Normas Legales se venden solas y no necesitan del resto del diario”.
Nos imaginamos que luego, por analogía, cerrarán la Agencia Andina de Noticias, Radio Nacional y sus filiales y dejarán para el gran final la clausura de Canal 7 y su gran red de repetidoras, la más importante –por muy lejos- de la televisión nacional.
Dice el especialista del APRA que no hay necesidad de que el Estado gasta tanto en un periódico oficial. Y por poco no propuso el retorno de los Pregoneros a las plazas de Lima, como en los tiempos coloniales.
Está mal informado. “El Peruano” proporciona pingues recursos al Estado y agrega a sus usuarios cautivos información útil e importante. ¿Sesgada? Por supuesto. Igual que los otros diarios, faltaría más.
“El Peruano” es el diario más antiguo del Perú. Fue fundado por el Libertador Simón Bolívar en 1826 como hoja oficial y de noticias pues debía, ya en esas épocas, contrarrestar el sesgo de los periódicos antagónicos. Hoy, un recorrido por esas páginas que han persistido 180 años, permite una singular visión del país, la de los gobiernos de turno. Y proponer su desaparición es simple y llanamente no tener sentido de la historia.
Ojalá la noticia sea desmentida. De otra manera, el APRA se elevará todavía más en el libro Guinnes de los ridículos universales.