martes, noviembre 28, 2006

-“Carlos Ferrari Praglia”


Don “Carlos Ferrari” no solo es un timador. Es también un fino psicólogo pero sobre todo, un buen conocedor de la problemática económica de nuestros artistas e intelectuales, interesados siempre en aumentar sus ingresos -como nos pasa a todos, estoy seguro.
-“Aló. ¿El artista, escultor, Carlos Bernasconi?
-“Sí…”
-“Don Carlos, le habla el Comandante Ferrari, mañana lo visito, temprano, el general Reinoso quiere comprarle varios trabajos, para su jardín…”.
Y efectivamente, al día siguiente, “Ferrari” se presentó en el taller del conocido escultor, grabador, ceramista, artista en general, Carlos Bernasconi, para ofrecerle compra de tres trabajos en bronce por varios miles de dólares..
Parloteando sin descanso, incluso en buen italiano, el “comandante” le dijo, finalmente:
-“En la tarde le traigo, el cheque… pero hay que darle algo al general… adelánteme 500 dólares y en la tarde vengo con el camión, el cheque que voy a encargar en este momento… ¿Aló? ¿Tesorería? ¡Habla el Comandante Ferrari. Prepáreme un cheque por 11 mil soles para el señor Carlos Bernasconi, ahora mismo, sí, ahora!!”
Carlos desconfió inmediatamente y se negó en redondo a extender la conversación y el trato y “Ferrari” se marchó, raudo, parloteando, prometiendo regresar.
Al día siguiente Bernasconi se encontró con Víctor Delfín, le contó la historia y el artista exclamó:
-“¡Vino a verme, quería un cuadro para el general nosécuantos y me convenció. Pero felizmente cuando ya estaba a punto de dárselo apareció un amigo que me dijo que si estaba loco de entregar un cuadro por nada de adelanto, de palabra…y el oficial desapareció”.
De estas historias hacen ya unos meses.
Pero “Ferrari” no se desanimó pues había descubierto una veta no trabajada por los estafadores, esto es, los artistas. Y volvió a la carga.
Uno tras otro, estafó, según el diario “Perú21”( 27.11.06. p.12) a por lo menos tres intelectuales (que no fueron identificados) de la siguiente manera:
Primero los ubicó por teléfono para pedirles, en nombre de algún General conocido, que dictaran una conferencia en un local del Ejército: “Tenemos presupuesto y el Ministerio de Defensa pagará 500 dólares por la charla, y en efectivo”. Está demás decir que los artistas se interesaron y lo citaron para el día siguiente.
“Ferrari” fue a la cita, entregó su tarjeta, quizá también una carta formal de invitación pero antes de irse les explicó, con aire de preocupación:
-“Caramba, hay un problema… Para poder cobrar el mismo día de su charla debe estar inscrito en el Registro de Proveedores del Ejército… es un trámite simple, solo cincuenta dólares… gracias, yo lo pago, más tarde le traigo su recibo”.
Y así, uno tras otro, fueron timados los artistas por este audaz, simpático y parlanchín falso Comandante.
Nadie lo investiga hasta ahora. La Policía Nacional y el Ministerio de Defensa se echan la pelota mientras es seguro que en algún lugar del Perú, alguien escuchará esto:…
-“Aló, habla el comandante Ferrari, del Ministerio de Defensa.. ¿no querría usted ofrecer una charla para oficiales?? Sabemos que usted es el mejor, tenemos presupuesto, pagamos en efectivo al terminar la actividad... ¿puedo visitarlo ahora, o mañana tempranito?”.

.......

jueves, noviembre 23, 2006

Adiós Mollendo , (Final)


La costa peruana es también un cementerio de puertos. Nuestra historia ha visto crecer y desaparecer fondeaderos, muelles, y ahí están, en muchos lugares, largos embarcaderos de fierros corroídos. También encontramos rieles de viejos trenes, quizá hasta alguna locomora, grúas deshechas, estaciones de ferrocarril saqueadas, restos de malecones o escaleras que fueron destruidos por las olas y que nadie se molestó en reconstruir...
Es la historia económica de la costa nacional. Un caso notable es, por ejemplo, Paita. En tiempos coloniales, de navegación a vela, era puerto obligado de parada de paso de galeones. Como sabemos, el viento sopla de sur a norte y los barcos viajaban rápidamente hacia Perico (hoy Colón, en Panamá) pero muy lentamente de regreso.
Entonces cuando llegaban a Paita, los pasajeros apurados tomaban coches a caballo y en pocos días estaban en Lima mientras el lento galeón los seguía, navegando de bolina, sesgando el viento. Eso duró hasta mediados del siglo 19 cuando el primer barco a vapor igualó el tiempo de ida y venida y la escala en Paita se hizo innecesaria.
Así, entre los nuevos barcos, un par de incendios catastróficos, el abandono de los pasajeros, Paita languideció y pasó a ser una modesta caleta de pescadores con algunas pocas bellas casonas que se caen y que hacen recordar que era una ansiada meta de piratas y comerciantes. Allí conoció Ricardo Palma a Manuelita Sáenz, por ejemplo.
El antiguo puerto de Islay fue víctima de la decisión de elegir a Mollendo como terminal del ferrocarril que llevaba la preciosa lana cusqueña y arequipeña a Europa. Y muchos años después, Mollendo mismo contempló su agonía porque eligieron la caleta de Matarani para construir un nuevo puerto, con muelles modernos. Así comenzaron las tribulaciones mollendinas, justo al iniciarse la Segunda Guerra Mundial y entrar en actividad aquel muelle, a 15 km. de nuestro puerto.
Además, las condiciones económicas variaron para todos. Bolivia comenzó a preferir Arica para sus operaciones, mejoraron las carreteras, la aviación regularizó y hasta abarató los envíos urgentes y ni siquiera Matarani tuvo tiempo de convertirse en el gran puerto soñado.
Al iniciarse los años 50, las instalaciones portuarias de Mollendo eran una ruina. Los muelles que recorrían las grúas, los almacenes, las casas de la administración, fueron casi destruidas por el tiempo y las olas. Se abandonó la Estación del Ferrocarril, nadie llegaba ya a los hoteles Ferrocarril, Salerno, Plaza. Cerraron restaurantes y la mayoría de las agencias de aduana; se fueron los cónsules y los mayores comerciantes.
Solo se defendía Mejía, 15 km. más allá, porque los arequipeños pudientes bajaban en el verano para disfrutar del violento sol costeño. Los otros, los pobretones, abarrotaban la Primera Playa los fines de semana y luego se marchaban.
Los Gargurevich nos fuimos de Mollendo en 1943. Fue una despedida larga y dramática porque mi padre era conocido. Presidía el Club de Tiro, y en general participaba activamente de la vida social mollendina. Me cuentan mis hermanas que cuando partió el “Urubamba” rumbo al Callao, sonaron las sirenas del puerto y de los barcos mientras mi papá agitaba su pañuelo, llorando, despidiéndose, quizá porque sabía que jamás volvería.
Era, imaginarán, tiempos de guerra y los barcos apagaban sus luces de noche dejando solo algunas mortecinas lamparillas azules. Nuestro entretenimiento fue entonces buscar submarinos alemanes, hasta que finalmente llegamos al Callao, dando así fin a mi dorada y feliz infancia portuaria.


FIN

miércoles, noviembre 22, 2006

-El "Arima Maru"

Adiós, Mollendo (II)

Unos dicen que era espía porque ya planeaban el ataque a Pearl Harbor, otros que fue simplemente una víctima más de la furia del mar mollendino; también se especuló sobre la inexperiencia del capitán que no atendió las advertencias que le hacían de tierra, otros culparon a la densa neblina de la época...
El hecho es que cuando amaneció aquel día de setiembre de 1941 y se despejó el panorama, el “Arima Maru”, un carguero japonés, estaba encajado en la arena dela segunda playa, peligrosamente escorado hacia babor, recibiendo al costado los embates de las olas.
La noticia corrió, como se suele decir, como reguero de pólvora y todo Mollendo marchó en caravana para ver el barco.
Todos los Gargurevich fuimos, por supuesto, recién hacia mediodía, llevando merienda a manera de excursión. Buscamos unas piedras y nos sentamos a mirar los trajines de los marineros nipones que, descalzos, subían y bajaban lanzando cabos para asegurar el barco y evitar su volcadura.
Al día siguiente el espectáculo se trasladó al puerto mismo pues varios marineros fueron autorizados a visitarlo, y hasta algunos oficiales hicieron compras. También fuimos a conocerlos, por supuesto, y como todos los chicos los seguimos para ver sus extrañas caras orientales que nunca habíamos visto antes.
Pocos días después apareció en el horizonte otro navío japonés, el “SakitoMaru”, que era el doble de grande y que luego de muchas maniobras y asegurarlo con cables que seguramente eran fortísimos, esperó la subida de la marea y logró moverlo de tal modo que quedó con la popa hacia el mar. Y después se marchó rumbo al sur.
A los chicos no nos explicaban nada. Años después nos dijeron que fue a buscar una carga de mineral para pasarlo al “Arima”, darle así peso como lastre y evitar que se volteara en el momento de la maniobra final. Puede ser. El hecho es que retornó el “Sakito Maru”, engancharon los cables y esperaron la marea.
Todos halaron a la vez, los remolcadores del puerto, el gran “Sakito” y por fin, ante la mirada expectante de medio Mollendo, el “Arima” se deslizó hacia el mar y quedó libre.
Fue una algarabía lo que siguió. Campanas, sirenas de los otros barcos,aplausos, todos celebraron la libertad del barco que correspondió al saludo a sirenazo limpio, echó abundante humo y arrimado a su salvador, se perdió hacianorte.
Solo quedó en Mollendo un japonés... pero en el cementerio. Parece que durante las maniobras hubo un accidente y murió un tripulante, quizá un oficial, que fueenterrado con solemnidad y ahí está todavía.
Dicen que unos veinte años después llegaron hasta Mollendo varios familiares que buscaron su tumba, la limpiaron, depositaron ofrendas y se marcharon sin decir palabra.
El capitán del “Sakito Maru” se entrevistó con mi papá que era el administrador de la Aduana y lo invitó a visitar el barco junto con otras autoridades del puerto. Todos regresaron con regalos y el nuestro nos dejó boquiabiertos: era una finísima maceta con un asombroso bosquecillo enano, un “bonsái”, algo que ni siquiera sabíamos que existía y que encendió nuestra imaginación infantil de manera maravillosa.
No supimos mantenerlo y los arbolitos murieron de descuido a los pocos meses.
La historia de los citados “Marus” recorre todavía Mollendo y forma parte de su leyenda. En la visita que les cuento, hace pocos días, fue motivo obligado enl a charla con los pocos viejos mollendinos que encontré y que, como yo,estuvimos al pie del barco japonés en la Segunda Playa.


martes, noviembre 21, 2006

Adiós, Mollendo (I)


-¡Bandera roja! –gritaba mi hermano Alberto, y todos corríamos a los balcones de la vieja casa de madera. Desde allí, aferrándonos a las barandas, estremecidos, contemplábamos las enormes olas que se lanzaban contra el muelle, allá abajo, reventando con un ruido de miedo y lanzando espuma casi hasta nosotros.
Momentos antes, un marinero se había jugado la vida izando el banderín indicador de peligro, ante el aliento y aplauso de los vecinos.
Las grúas, los famosos “donkes”, huían de la súbita y traicionera braveza, tratando de no ser alcanzados, mientras los enormes lanchones escapaban a mar abierto a refugiarse junto a los remolcadores y los barcos que aguardaban condiciones favorables para bajar su carga.
Mollendo fue aparentemente el lugar menos indicado para un puerto pero así lodecidió Henry Meiggs cuando lo prefirió entre Islay y Mejía como terminal del ferrocarril que llevaría mercancías hacia el sur y Bolivia. El primero fue abandonado y el segundo quedó relegado a balneario.
Comenzó entonces la época de oro de Mollendo, que terminó cuando fueron construidos los muelles de Matarani donde, por fin, podían acoderar los barcos. Desde el día en que un navío se arrimó al flamante atracadero... se inició el fin del Mollendo como puerto importante.
Pero durante casi cincuenta años Mollendo disfrutó de prosperidad debido al intenso tráfico naviero. Había oficinas consulares de los Estados Unidos, Alemania, Inglaterra, Chile, Noruega, entre los principales, empleados inglesesdel Cable West Coast, del Lloyds deLondres, de la ferrocarrilera Peruvian Co., una decena de empresas de ultramarinos para servir necesidades de los navíos, otro tanto de agencias de aduana, oficiales en la Capitanía de Puerto, etc. todo lo cual significaba una bullente actividad social.
Cada noche se iluminaban el Club Social donde las señoras jugaban rocambor, elClub de Tiro Alfonso Ugarte, el Hotel Salerno, refugio de los caballeros quepreferían el “cachito”, el mentado comedor de “Choronga” con los mejores tallarines, los hoteles Ferrocarril, el Plaza, donde se podía pedir Albacora.
Cuatro o cinco navíos se mecían cada día frente al puerto, bajando y cargando mercancías. Un trajín constante de remolcadores, enormes lanchones y el movimiento constante de vagones del tren, convertían al puerto en un verdadero espectáculo más interesante que cualquier entretenimiento. Y con frecuencia, marineros, oficiales, colmaban bares, comedores y hastatiendas –como en el caso de los japoneses que barrían con ropa y en particular zapatos, cuando llegaba algunos de los “Marus”.
Pese a los grandes incendios que de cuando en cuando asolaron el puerto, quedan todavía algunas casonas de madera como pálida muestra de la vieja prosperidad y en particular el mentadísimo Castillo Forga, construido por ese millonario que instaló allí a sus hijitas, bellas, afrancesadas y tan lejanas que murieron solteras porque no había mollendino con méritos suficientes para aspirar a sus manitas.
Hace un par de días estuve en Mollendo buscando mi antigua casa frente al mar, tratando de reconocer en unas ruinas desvencijadas el balcón desde admirábamos las famosas olas gigantes.“Ya no existe”, me aclaró un vecino, Frank Conally, “y pronto desaparecerátodo lo demás... yo también me iré y seguramente también Flannagan... somos los últimos ingleses de Mollendo”.

martes, noviembre 14, 2006

Adiós al Zeppelín


¿Porqué excitaba tanto la imaginación popular el Graf Zeppelín? Las fotos y testimonios nos cuentan que cuando cruzaba por una ciudad se congregaban multitudes para verlo pasar. Ese gigante plateado, brillando al Sol, movilizaba curiosidad y admiración.
Ya los nazis estaban en el poder en los años de la grandeza del Graf Zeppelín y la nave servía como un eficaz medio de propaganda de las bondades del régimen y la superioridad técnica alemana..
Porque el zeppelín no pasaba simplemente por las ciudades sino que se las sobrevolaba muy despacio, como pavoneándose, dando una vuelta amplia para que todos pudieran admirarlo y luego aceleraba para seguir a la siguiente ciudad.
El Zeppelín jugaba así con las ilusiones pues un viaje en esa nave era un sueño accesible solo para los ricos y famosos de su tiempo. Políticos, industriales, cantantes famosos, militares connotados y millonarios, sobre todo magnates norteamericanos, elegían el Zeppelín para cruzar el Atlántico. Es decir, los mismos que escogieron al "Titanic" de 1912.
El "Graf Zeppelín" fue reemplazado por el "Hinberburg",una versión más grande y compleja, que doblaba el número de pasajeros. Ahora serían cincuenta los que podían embarcarse en el fabuloso zeppelín.
Pero en Alemania no todos apostaban al futuro de las enormes y lentas naves. A la par de la exhibición zeppeliniana, una vigorosa industria aeronáutica extendía sus logros por el mundo con los seguros y eficientes “Junkers”, llegando incluso al Perú.
El gran cronista del zeppelín fue el español Andrés García de la Barga y Gómez de la Serna, “Corpus Barga” para los amigos y lectores, que lo abordó, dijimos antes, en 1930. Escribió mucho sobre el tema y de una de sus crónicas he escogido esta descripción:
“Muchas esperas he tenido que sufrir como periodista. Ninguna tan
extraordinaria como ésta, en el cielo de Río de Janeiro, buscando a la luz del
alba un punto negro en el horizonte. Río de Janeiro dormía, cansada de esperar
al dirigible. Sólo las colinas continuaban despiertas y vigilantes escrutando
el horizonte también. De pronto una colina se ruborizó. Acababa de percibirse
por el Sur algo deslizándose sigiloso entre las nubes. El Graf Zeppelín
llegaba cauteloso ante las colinas. Iba a acercarse, sin embargo, cuando detrás
de ellas salió, radiante, el sol a darle el alto. Se vio al Graf Zeppelín
retroceder horizontal. El dirigible, frente al Sol, parecía un aparato
fotográfico enfocando a un personaje. Luego el zeppelín se puso a brillar otra
vez como el acero, y dando una vuelta, se fue a despertar al aeropuerto,
cubierto aún con las sábanas de niebla...”.
El formidable Hindenburg se incendió y explotó en mayo de 1937 en Lakehurst, en New Jersey y la tragedia causó tal conmoción que nadie quiso ya jamás trepar a un zeppelín. Y al poco tiempo se precipitó la Guerra y todos lo olvidaron.
Menos por supuesto los pernambucanos que vieron llegar y partir al zeppelín muchas veces y que hasta ahora conservan la torre de amarre. Es improbable que regrese. Pero sigue alimentando la fantasía popular y muchos van a ver la Torre legendaria para enterarse de la historia.
¿Quieren ver cómo era ese aparato volador? Fácil: vayan a Youtube.com, tecleen “Graf Zeppelin” en la caja de diálogo correspondiente, elijan un video y allí aparecerá, en toda su gloria, la nave más grande la historia de la aviación.

domingo, noviembre 12, 2006

Esperando al Zeppelín


En una lejana ciudad de Brasil, una enorme torre de acero es pintada y repintada todos los años, desde 1936. Sirve para recibir zeppelines.
¿”Zeppelines”? preguntarán ustedes y me imagino que con cierto, digamos, escepticismo. Efectivamente, zeppelines. Y eso no es nada. Un poco más allá aguarda también un enorme hangar que hasta hace pocos años abría el techo de par en par para recibir aquellos enormes aparatos aéreos de casi 300 metros de largo, los fabulosos Zeppelines, símbolo y orgullo de la aviación alemana de preguerra.
Hoy no existe ninguna de esas naves. Aquella torre del norte de Brasil es la única que es capaz de recibirlos y todo indica que jamás volverán. “Pero nunca se sabe” dijo una vez el alcalde de Recife para justificar el gasto de mantenimiento. Tales reliquias están en el extremo del aeropuerto de Jiquiá, en la calurosa Recife, estado de Pernambuco.
Todos los testimonios revisados concuerdan en que ver pasar un zeppelín por el cielo era un espectáculo inolvidable, casi como si hoy corriéramos a la azotea para avistar una nave extraterrestre.
En los años 30 el zeppelín era toda una leyenda que los latinoamericanos seguían con expectativa. Ya la empresa alemana, asociada con la norteamericana GoodYear, hacía viajes regulares entre Europa y los Estados Unidos y muchos pugnaban por lograr y un espacio. Una importante limitación del zeppelín era su poca capacidad de carga y solo llevaba 24 pasajeros ubicados en doce cabinas. El servicio de a bordo era magnífico pero los espacios eran mínimos y el costo del boleto era exorbitante para la época.
Pero bien valía la pena pagar algunos miles de dólares para cruzar el Atlántico en pocos días, a doscientos kilómetros por hora.
En 1930 la empresa decidió ampliar sus rutas y eligió Río de Janeiro para llegar a América, posponiendo Buenos Aires para otra ocasión –a pesar de que los argentinos estaban dispuestos a pagar lo que sea por el viaje.
Cuando planificaban la operación, los alemanes pensaron en un puerto intermedio para repostar combustible y vituallas y eligieron Recife, enviando rápidamente a varios técnicos para preparar la llegada, el paso por la ciudad brasileña.
El aviso causó sensación en la comunidad. Las autoridades ofrecieron toda su colaboración y cuando finalmente llegó el día el Ayuntamiento declaró feriado para que todos pudieran ver el célebre “Graf Zeppelín”. De paso decidieron cobrar por los lugares cercanos a la torre provisional que los germanos habían construido para inmovilizar el aparato. Porque el zeppelín jamás se posaba en tierra, siempre flotaba y había que sujetarlo con fuerza para derrotar al viento.
Doscientos soldados tomaron las cuerdas que lanzaron desde el aparato y que sirvieron para amarrarlo. Luego se acercó a la torre, colocaron una escalerilla y los pasajeros bajaron a tierra, aclamados por una multitud de unos quince mil pernambucanos. Los primeros fueron tres periodistas: un norteamericano de la Cadena Hearst, un alemán, y un conocido nuestro, el español Corpus Barga, que viajaba por encargo de “La Nación” de Buenos Aires y que escribió una recordada crónica.
El Graf Zeppelín siguió viaje a Río, recogió pasaje y carga y retornó a Europa, pasando por Recife.

domingo, noviembre 05, 2006

El complor.. ¡Hic!

-El complot.. ¡hic!

-“Oe compare... salú... escúchame, hic, hermanón... ¿qué hacemos con ese conch(CENSURADO) de García?”
-“Fácil pues hermano, ¡hic!... a esa mie(CENSURADO) hay que bajárselo ¡y salú por eso!”.
El agente de la CIA que devoraba un cebiche en la “Buena Muerte” detuvo el tenedor y escuchó atentamente el resto de la ominosa conversación que sostenían varios empresarios y otros sujetos de porte militar:
-“Sí bróder, hic, hay que bajárselo ¡y cuanto antes, ¡hic!, por el bien de la patria!”.
Inmediatamente –se presume- el Agente hizo el Informe, literal, textual, a la Sección CIA de la American Embassy local, donde los analistas interpretaron aquello de “bajárselo” por “derribar”... pero ¿derribar qué?... Horror: ¡el avión presidencial!!
Aquello parecía, es verdad, una estupidez, pero después del 11 de Setiembre nadie se atreve en los Estados Unidos a descartar un Informe de tal envergadura. Y hay varias películas sobre el tema probando que es factible. Es normal en la televisión.
Enviaron entonces el Informe a los cuarteles en Virginia para que sus analistas sentenciaran y todo indica que lo consideraron factible pues lo rebotaron a la oficina del simpático y escéptico embajador Strubble con indicaciones de hacerlo conocer, en secreto, a las autoridades peruanas.
El mensaje era sencillo: “Hay un complot para matar al Presidente García derribando el avión presidencial, en el verano del 2007”.
La primera en recibirlo, dicen, fue la ministra Mazetti y fue como una papa caliente pues corrió a Palacio de Gobierno a mostrarle el informe al propio Presidente, disponiendo vigilancia especial, investigación secreta, etc.
En fin, la semana pasada los cuarteles peruanos parecían sets de Hollywood: la Mazetti se movía como la Evangelina Jolie, el ministro Pizarro parecía Harrison Ford, el Presidente actuaba como Gene Hackman, Jorge del Castillo pedía al Embajador que enviaran a un tal Rambo, Mauricio Mulder pedía culpar a las ONGs...
El problema es que en algún lugar del camino alguien filtró el informe (el jueves pasado, para ser precisos) a los diarios Correo y La Primera pero sobre todo a Canal N, donde Jaime Althaus anunció el complot con cierta satisfacción y dio incluso el nombre del Agente, James LeMarie (que debe estar ya de vacaciones en Guantánamo).
El Embajador Strubble ha dicho que el informe es verdadero pero el contenido no es creíble y el Presidente García ha agregado que ha sido una cosa de borrachitos.
Solo faltó agregar entonces, que el honesto super-agente LeMarie es un despistado que se limitó a cumplir con su deber al revelar que en el Perú querían desaparecer a Alan García.
Valiente noticia. Porque eso lo sabemos todos... y sin estudiar para Agente Secreto.
...............

viernes, noviembre 03, 2006

“Memorias de una Pulga”


Algunos suscritores de nuestra agencia han reclamado la poca atención que le ponemos al tema del sexo.
Luego de reflexionar y hacer memoria... llegamos a la conclusión de que hay voces más autorizadas. Como por ejemplo, la señora Vargas del diario “Perú21”, ayer, toma el pelo a los caballeros y les da consejos para que ellas no los engañen:
“Tú te la pasas de lo lindo mientras ella piensa en el recibo de la luz, en ese incómodo rollito que no desaparece nunca, en los problemitas de su mami, en el hijo de Alan, y encima, se rasca una pierna sin el menor disimulo. Tú continúas la faena, convencido de que eres más poderoso que Terminator, que pronto blanqueará los ojos, clavará sus uñas en tu espalda y repetirá tu nombre con loca pasión. Nada de eso pasa”.
Y más adelante agregará “...Que sea capaz de explorarte, y de explorarse (el autotoqueteo es la voz). Que se arriesgue a una pose de acróbata sin pensar en su columna, que mire tu pene con amor...” .
Y no solo en los diarios. Mis amigos comunitarios de “Radialistas y Apasionados” proponen justamente hoy un guión sobre “Zonas Erógenas” y transmiten el siguiente diálogo:
(...)
“-Un masajito le caería muy bien a ella, para relajarla. Después, está la boca, los labios… Hay mil formas de besar… Pruébelas todas…
-Siga bajando, doctora…
-Llegamos a los senos. Hay hombres impacientes que van de frente al pezón, como si fueran niños con hambre. No, pues, ¿qué es eso?
-¿Y qué recomienda usted, doctora?
-Use las palmas de las manos para acariciar, hacer círculos… También con la lengua, suavemente… En el amor nada puede ser apresurado… El amor es como la mayonesa, se puede cortar…”.
No es novedad por supuesto. El doctor Maestre ha popularizado, y comercializado su “Era Tabú” en horarios para menores en RPP la emisora más sintonizada del país, planteando los temas más crudos imaginables aunque, eso sí, con cierta elegancia.
Toda la prensa chicha por su parte tiene columnas de “Consejos” en que lectores absolutamente falsos cuentan problemas y reciben sugestivas respuestas en las que no se distingue ya la grosería de la coprolalia. Y nos imaginamos que algunos recordarán el famoso programa sin límites del buen Badani, en el Canal 5.
Y no les digo de Internet, donde los límites simplemente no existen (En You Tube pueden ver a Pamela Anderson en sesión amorosa extrema...).
En “Polvos Azules” rematan videos pornos a tres por diez soles y nadie los quiere. “Ya sabemos el argumento y el final” escuché decir a unos jóvenes divertidos que merodeaban por ese inmenso recurso documental pornográfico pirata.
Todo esto explicaría porqué en los jirones Amazonas, Quilca, repositorio de libros viejos y otrora prohibidos, nadie quiere ya comprar las escandalosas “Memorias de una Pulga” el texto porno más famoso de la historia, y se acumulan ejemplares que están de remate a precio vil. Incluso menudean versiones del Marqués de Sade y uno que otro título de la serie “La Sonrisa Vertical” española, que seguramente ha quebrado por falta de lectores.
Así que, lectores de Cucú Press, no hace falta introducirnos en esos meandros porque los medios masivos son de sobra suficientes.

jueves, noviembre 02, 2006

¡Libro o muerte!

-Me descubrieron, no pude evitarlo

Hace unos días me dirigí a la vieja Biblioteca Nacional para leer un libro que sólo hay allá. Es obvio que mi aspecto de viejo inofensivo no engañó a nadie,que mi carnet de Profesor Principal es falso, que mi nombre en el Catálogo es unhomónimo, y que pronto se descubrió que mis intenciones reales eran incendiar laBiblioteca o dinamitarla. O, como mínimo, robarme un libro.

-¿Adónde se dirige?
-Bueno, aquí en la Biblioteca Nacional todos vienen a leer ¿no?
-No se puede entrar con cuadernos. Solo se permite dos hojas.
-¿Tengo que romper mi cuaderno?
-Sí
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-¿Qué desea señor?
-Quiero consultar este libro
-¿Su carnet?
-Mire señora, aquí está pero déjeme explicarle que...
-Está vencido. No se le puede atender.
-¿¿NO???
-Puede pagar derechos para una Visita
..............
-¿Qué quiere el caballero?
-Deseo pagar el derecho de un Día de Lectura.
-Un sol. ¿Tiene el código del libro?
-No, justamente...
-Si no tiene el código no le puedo dar el ticket.
..............
-¿ Ya pagó su derecho a una Visita?
-Sí, aquí está, este es el código..
-Caramba, qué lástima...-
¿¿¿ ¿???
-Ya lo llevaron al local de Javier Prado. Pero debe estar empaquetado
................
-¡¡Señor, señor!!!
-¿Qué pasa, me he robado algo?
-No, ya encontraron su libro, puede regresar a la Sala
.-Pero ya devolví el ticket.
-Habrá que sacar otro.
.............
.-¿Quiere fotocopias?
-Por favor, quiero fotocopiar de la página 18 a la 35.
-No se puede, no..
-¿¿NO??
-No se puede más de 15 páginas.
-Bueno, regresaré mañana y pasado mañana y traspasado mañana...
-¿Sí?
-Sí. ¡Libro o Muerte! ¡!Venceremos!!
......